Un Dulce Momento

Los líderes de adolescentes de la iglesia habían planeado un campamento para el verano.  Mi hermana, quien recien había entrado triunfalmente en la adolescencia, insistía día y noche pidiendo permiso a mis padres para poder ir . A esto se debió que los muchachos organizaran peticiones colectivas apoyados de super amigas quienes con ruegos interminables y sin éxito, trataban también, de recibir la venia. Lo mismo hicieron los líderes y guías del campamento al presentar rosario de promesas que aseguraban que nada le pasaría; incluso, alegaban estar dispuestos a dar su vida con tal de que mi delicada, tierna y bella hermanita asistiera. Una semana antes, el director del campamento hizo un último intento,

– Entonces que, hermana Raquel, ¿Va a dejar ir a Almita al campamento?

-Mira, Carlitos….- Le contesto mi mamá con firmeza y mirando para otro lado- Alma podría ir…pero hay una condición…

-¡La que sea!- Le respondió emocionado.

-La condición es que Sonia, también vaya al campamento.

Hasta antes de que mi nombre fuera pronunciado, mi imaginación me había trasladado al clóset de Alma y como toda hermana menor, aprovecharía su ausencia haciendo de las mías; me pondría sus vestidos, me probaría sus zapatillas nuevas, me maquillaría un poco, escucharía sus discos y luego, tendría el control absoluto de la televisión.  Pero en vista de que el director del campamento haría “una excepción”, mis planes quedaron postergados para mejor ocasión y en su lugar, debía concentrarme en llevar a cabo un plan siniestro. Era mi oportunidad de obtener todo lo que quisiera por parte de ella, o me negaría simplemente a ir, con rabieta incluida. De “Gorda inútil”, pasaría a ser la mejor hermana del mundo y mis deseos debían ser cumplidos en su totalidad. Y así fué. Durante la semana previa al campamento, vimos solamente mis programas favoritos, me dejó entrar a su recámara, me dejó usar -con cuidado- su stereo, y me regaló su colección de estampitas “Amor es…” . Una vez en el asiento del autobús rumbo al campamento, mi suerte cambió y volví a ser la inútil gorda de siempre, con la diferencia que ahora cargaba sobre mis hombros la advertencia de no volverle a dirigir la palabra y mucho menos acercarme a ella durante el campamento; de lo contrario, la colección de estampitas regresaría a su dueña original.

Después de varias horas de viaje llegamos al campamento: Una hacienda olvidada de Dios y de todos los santos.  De repente, salieron a recibirnos una docena de perros…todos ellos viejos, sarnosos y en los huesos; ladrando, como si trataran de advertirnos que no entraramos, o de lo contrario, sufriríamos las consecuencias. Con equipajes al hombro nos dirigimos hacia el comedor y salón principal en donde nos darían algunas instrucciones. Era un galerón enorme, acondicionado con mesas rústicas y apolilladas. Las paredes eran de adobe y pintadas de color blanco; el techo, inalcanzable lo mismo que sus telarañas y el piso de mosaicos rojos y antiguos. El olor que se percibia en todo momento, evocaba un asilo de ancianos al amanecer que por instantes se confundia con el olor a pino del piso recién trapeado. Por su parte, los administradores del lugar parecían haber protagonizado una de tantas aventuras de Scooby Doo y sus amigos; mal encarados y sospechosos de mil asesinatos, entraban y salían de misteriosas puertas, dispuestos a interceptarnos en todo momento por si quisieramos indagar en áreas no permitidas.  Después de leernos exagerada lista de  cosas que no debiamos hacer, nos ofrecieron un tour para conocer el lugar.La primera parada fue la cocina. No porque hubiera de comer, si no porque era lo que mas cerca estaba. El olor a trastes viejos y manteca rancia, nos hizo acelerar el proceso y no darle la debida atensión a las cocineras; hermanas escrupulosamente escogidas, no por sus destrezas en la cocina, sino porque no tenían otra cosa mejor que hacer en su casa y para hacer constar una vez mas, la sabiduría del dicho popular que versa: “El pan ajeno, hace al hijo bueno”.

Lo que ellos llamaron dormitorios, se encontraban al extremo opuesto de la cocina. En cuanto se nos indicó el lugar y la pesada puerta de madera se abrió, las chicas corrieron desaforadas para apartar la mejor cama. Como yo no sabía lo que hacían, me tocó escoger entre una silla endeble y un colchón que me decía a gritos que solo camperos infantes incapaces de controlar esfínteres, lo habían disfrutado. Entonces, tendí una cobija encima del colchón recolector de análisis, y luego arreglé lo que sería mi cama por cinco días con las sábanas impecables que mi madre había empacado para mí. El tiempo de la merienda había llegado y con ello un poco de alegría que se disipó al ver el menú:  Frijoles con huevo y café negro. Una de las cocineras se compadeció de mí y agregó un chorro de leche bronca sin saber, lo cual provocó que yo me olvidara del colchón y pasara toda esa noche en la silla, cerca del baño. Como a eso de las cuatro de la mañana, el concierto de quejidos y ronquidos cesó, lo mismo que mi diarrea y cuando al fin creía que dormiría un poco, las cocineras comenzaron a despertar dando el rodillazo sin aviso y elevando oraciones fervorosas en voz alta que competían con el canto de los gallos. Después, el ruido de las regaderas y los gritos de una galopina que suplicaba le pasaran el shampoo. La señal de advertencia del paso del tren comenzó a sonar, y luego el tren. Cuando al fin parecía que todo quedaría en calma, sonó el despertador ocasionando que la líder saltara de la cama y con voz aguardentosa urgiera a despertar para iniciar el dia con un devocional. Como todas la ignoraban, pensé que un buen regaderazo con agua calientita me caería bien. Después de 15 minutos esperando que saliera el agua caliente, opté por el baño vaquero. Mientras que esperaba la hora del desayuno, pensaba ingenuamente que la horrenda cena ofrecida la noche anterior habia sido a consecuencia del horario y las prisas, y que a partir de ese dia sería diferente.

Los años siguientes me enseñaron que el menú preferido por todas las cocineras, de todos los campamentos era huevo con frijoles para el desayuno y frijoles con huevo para la cena. La comida podía variar: verduras al vapor que nadie come, la siempre rendidora carne molida con arroz, mini pierna o mini muslo de pollo con jitomate y lo que mas se le pareciera a una milanesa. Para la cena del ultimo dia, las cocineras daban rienda suelta al sentido del humor ofreciendo huevo cocido (o duro) con frijoles.

Todavía no se cumplían las 24 horas de mi estancia en ese lugar y ya lo odiaba con todo mi ser. Añoraba mi camita y no podía entender como todos habían hecho tantos esfuerzos por ir. Los jóvenes disfrutaban de los cultos, el esgrima bíblico, los deportes, la fogata y los juegos. En cambio yo, desde que comenzó el campamento fuí la mascota de mi grupo y siempre me dejaron al último para todo. Solo me procuraban un poco cuando los muchachos solicitaban mis servicios de investigadora privada para saber si las chicas tenian novio y cuando ellas me enviaban con misivas ultrasecretas para ellos.

El último dia, el director de deportes anunció a los finalistas del torneo devoleyball. Mi grupo, conformado hasta entonces por excelentes jugadores, había logrado ganar los suficientes juegos para pelear el título. Ante el temor de perder, el equipo contrario levantó una protesta argumentando que el reglamento decía que todos los miembros del grupo debían jugar, lo cual me incluía a mi. Yo, que jamás en mi vida habia tocado un balón de voley, ahora tendría además la gran oportunidad de ganarme el odio de todos los de mi grupo.Por mas que me explicaban como era el saque, yo no lograba dar una. El momento de la cuenta máxima llegó. Un solo saque, nos daría el gane….¿Lo terrible? era mi turno. El equipo contrario comenzó a celebrar su triunfo. Yo solamente cerré los ojos y le pegué al balón con todas mis fuerzas y con un estilo nunca antes visto. Increíblemente el balón pasó la red y cayó al suelo sin que nadie del equipo contrario moviera un solo dedo, ya que no esperaban que yo lo lograra. A partir de ese instante, todo fue felicidad y festejos. Me convertí en la heroína de mi equipo. Todos me cargaban y me besaban. ¿El premio? ¡Tres bolsas de pan dulce para la cena! Jamás olvidaré el sabor de aquellas campechanas y conchas de chocolate después de una semana de no probar nada dulce.

Ya en el autobús y de regreso a casa, comencé a hacer el recuento de los daños. Había olvidado la toalla, me habían picado los zancudos, se me habian roto los anteojos y me había cubierto de gloria. Agradecí entonces a Dios el haber sobrevivido al campamento. Dejando escapar una lágrima y comiendo el último bocado de una concha de chocolate que había reservado para el camino, le pregunté al pastor cuando anunciaría la fecha del próximo campamento.

La Bíblia nos describe uno de los momentos de gran gozo para el pueblo de Israel, en el cual celebraron comiendo pan dulce.

Después de haber sido ungido David como rey de Israel y conquistar Jerusalen, se dispuso a trasladar el arca del pacto desde Quiriat-Jearim a Jerusalen, la Ciudad de David.

El arca, pieza central y corazón del tabernáculo, representaba la presencia de Dios entre su pueblo; cuando necesitaban dirección, el arca del Señor era también su guía. Tristemente, había sido relegada por mas de setenta años debido a la desobediencia y falta de interes por parte del rey Saul. Radicar el arca en Jerusalen, significaría establecer la capital como el centro de toda autoridad política y religiosa. Ya no sería solamente la Ciudad de David, sino la Ciudad Santa de Dios; centro de la adoración a Jehová.

Durante el traslado y recorrido por los caminos hacia Jerusalen se escuchaba al pueblo cantar y tocar instrumentos de júbilo y alegria. Al entrar el arca a la ciudad, la felicidad fué aun mayor. Se ofrecieron sacrificios de comunión y se bendijo al pueblo en el nombre del Señor Todopoderoso. Para completar la celebración, David ofrece a la multitud pan y pastel o tartaletas de dátiles y de uvas pasas a cada familia (2 Samuel 6:19) Mas tarde, después de instalar el arca en su sitio, el rey David nombró ministros para que dieran gracias y alabaran al Señor. La fiesta, apenas comenzaba.

Se cree que los egipcios, asi como los hebreos fueron de los primeros pueblos en hornear pan mezclado con higos, dátiles, uvas y almendras. Con el transcurso del tiempo, el pan fue tomando diferentes variaciones y modos de preparacion, segun la región y las costumbres de cada pueblo hasta llegar a nuestros dias. Un ejemplo de ello, bien puede ser la industria panadera mexicana, que cuenta con una extensa variedad de formas y sabores debido a la fusión de culturas indígenas y  presencia europea; principalmente,  española y francesa.

Me emociona descubrir que hasta este momento hemos visto a David tocar el arpa, pastorear ovejas y pelear en batallas; pero ahora ademas le vemos envuelto en asustos relacionados con la cocina, repartiendo  pan dulce y pastel. En este sentido, cualquiera que haya sido anfitrión de una celebración, puede sentirse identificado. Ya sea en una boda, un cumpleaños o depués de una buena comida, el momento de repartir el pastel o el postre, torna la celebración en un momento aun mas especial. La expresión de chicos y grandes ante una rebanada de pastel es siempre de alegría, tanto para el que la ofrece como para el que la recibe. Lo mismo sucede con la alegría de tener la presencia de Dios entre nosotros, mas aun, si podemos compartir que nuestra vida es un centro de adoración y nuestro corazón su lugar santo donde El puede habitar.

En David,descubrimos también una personalidad fascinante; combina la fuerza y el coraje de un guerrero con la ternura y sensibilidad de un poeta. No tenía necesidad de copiar o imitar éxitos del pasado, ni intentaba guiar al pueblo como lo hiciera Moisés o Josué. Con inumerables conquistas en su haber, debemos resaltar que la mas importante conquista era la que radicaba en su propio corazón al lograr arrepentirse, siendo genuino y humilde delante de Dios. Del adulterio cometido con Betsabé, podemos aprender que nuestra mesa puede estar llena de pasteles y postres, pero que sin la presencia de Dios en nuestra vida, el pastel mas dulce se torna amargo o sin sabor como lo describiera el mismo David en el Salmo 32:3-5 cuando reconoce que las riquezas que este mundo ofrece no se comparan con el perdón y la comunión con Dios.

Hoy podemos celebrar que tener la presencia de Dios en nuestra vida, es el inicio de una fiesta que continua hasta la eternidad y que tener comunión con un Dios feliz, nos da la oportunidad de poder ser agradecidos y de alabar su nombre por su guía constante.

De vez en cuando, reservo una porción de pan o de pastel para mi momento devocional y asi celebro con gozo su dulce presencia en mi vida.

“Porque ¿Quién puede comer y alegrarse, si no es por Dios?  Eclesiastés 2:25 NVI

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