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Haciendo los Mandados

febrero 9, 2017

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Una prófuga de la cocina que se precia de serlo debe reconocer que nunca tiene los ingredientes necesarios para cocinar. Esto se debe mayormente a que  como siempre pospone la hora de hacer la comida, pues ya a las carreras se ve obligada a  hacer lo que sea, y en ése “ahorita les preparo” se da cuenta  que algo le hace falta.

A veces, son ingredientes sin importancia, pero en otras se trata del ingrediente principal.  ¿Cómo lo sé? Bueno, es algo que me viene de herencia ya que lo aprendí de mi madre, ya sabes…. “ahorita les preparo unos taquitos con salsa”, y resultaba que no había ¡ni jitomate! O que tal: “Ahorita les preparo unas tortas de jamón”, pero no había pan.

Lo terrible de estas situaciones es que a los hijos menores  nos mandan a hacer tales  mandados pues los y las hermanas mayores, siempre tienen el argumento preciso para negarse rotundamente a ir; además, ¿para que estamos las hermanas menores si no es para ser regañadas  y hacer los mandados?

          Sonia, ve por las tortillas.

           ¿Y por qué siempre yo? ¿Por qué no mandas a Alma? ¡Ya estoy harta de que siempre me mandes a mi! ¡No quiero ir!– Le contestaba desafiante a mi madre.

Como la mayoría de las mamás, mi madre poseía el arte de la persuasión que aplicaba sobre mi persona en seis etapas: La primera era la convicción profunda,  “Vas a ir”; la segunda era el aplomo, “¿O crees que yo te tengo miedo?” En  la tercera etapa me hacía creer que yo saldría ganando  “…y ya que estás con esas ganas pasas a comprar además los refrescos y el pollo para mañana ”; En la cuarta etapa me daba tiempo para pensar y actuar, “Te levantas, o te levanto”; En la  quinta, evitaba el antagonismo “le voy a decir a  tu papá cuando venga”; y en la sexta y última simplemente creaba el deseo , “Te voy a dejar caer unos chanclazos y de todos modos vas a ir.”

Ante tales circunstancias no me quedaba de otra que con bolsa de ixtle en mano ir por las tortillas.  Con naturalidad, con la frente en alto y una sonrisa en los labios; sin  quejas, sin berrinches ni gestos bruscos o violentos.  

Mientras hacia la fila para las tortillas meditaba en mi condición.  ¿Por qué debía yo de ser reducida a una simple mandadera todos los días? Yo había nacido para ser algo grande en la vida y no para estar ahí hacienda fila con la servidumbre que suspiraba por el despachador de tortilla de cabellos díscolos llamado Pedro. Y es que,  al tiempo que cumplía con mi deber, podía escuchar las conversaciones y las risas coquetas de las aspirantes. ¿Habría alguna ganancia extra además de llegar cansada y con las manos marcadas por lo pesado de la bolsa?

En la escritura encontramos  a un padre que manda a su hijo menor a hacer un mandado.  (1 Samuel 17) Su nombre era Isaí y el nombre de su hijo era David a quien envió para averiguar cómo se encontraban  tres de sus hermanos en el ejército, y de paso, llevarles una bolsa de trigo tostado, pan y queso. David obedeció a su padre y viajó desde Belén hasta las filas del ejército. Mientras conversaba con ellos, el gigante Goliat salió al frente del campamento enemigo y desafió de nuevo al ejercito de Israel.

Los filisteos, el principal enemigo del pueblo se había preparado para atacar a Israel. Los ejércitos de ambos países se encontraban entonces  acampando uno frente al otro, listos para entrar en batalla. Todos los días, el gigante salía para burlarse de los israelitas y para provocarlos a pelear  pero nadie se atrevía a enfrentarlo pues les parecía  imposible derrotar a Goliat y a los filisteos.

Entonces David, al escuchar el desafio de Goliat y las conversaciones temerosas del ejército israelí preguntó  con convicción “¿Quién es este hombre que habla con tanta soberbia contra el ejército del Dios vivo? ¿Por qué no sale alguien a derrotarlo?” Eliab , el hermano mayor de David reaccionó ante las palabras de David y después de regañarlo  le recuerda que su lugar esta cuidando las ovejas y no  viendo lo que pasa en el  campo de batalla. Pero David no presta atención a las palabras ofensivas de su hermano y evitando el antagonismo,  les persuade haciendo  uso del aplomo,“ Yo mismo iré a pelear contra él.” (vr. 32) Les hace ver que el pueblo de Israel saldrá  vencedor, “El Señor, que me libró de las garras del león y del oso, también me librará del poder de ese filisteo.” (vr. 37) Por si fuera poco, piensa y  actua como debería pensar y actuar el rey de Israel. (vr. 38) y por ultimo visualiza y crea el deseo, “Todos los que estan aquí reconocerán que el Señor salva sin necesidad de espada ni de lanza.” (vr.47)                                                                         

Aunque la mayoría de quienes han escuchado esta historia relacionan el triunfo final con el certero hondazo de David sobre Goliat lo cierto es que David en todo momento le da la Gloria a Dios diciendo “De Jehová es a batalla.”

¿Quién lo diría no? que por hacer un mandado, llevando queso y pan, daría  el primer paso para darse  a conocer como el guerrero mas grande de Israel.

¿Qué aprendemos de esta lección?

Que en ocasiones, la voluntad de Dios se da a través de lo que alguien nos pide  hacer por  y para otros. Que la victoria no es siempre para el más fuerte o el más grande, sino para el que odebece a la voz de Dios. Que  el corazón humilde es el terreno principal donde se desarrolla la obra de Dios y que aunque la batalla es del Señor, es necesario ir y pelearla. Que no debemos esperar entenderlo todo, pues   los pequeños “mandados”  que hagamos nos pueden llevar al lugar que Dios ha planeado para servirle y ser de bendición para muchos.

“Y si prestares oído a todas las cosas que te mandare, y anduvieres en mis caminos, e hicieres lo recto delante de mis ojos, guardando mis estatutos y mis mandamientos, como hizo David mi siervo, yo estaré contigo y te edificaré casa firme, como la edifiqué a David, y yo te entregaré a Israel.”  1Reyes 11:38

 

 

 

 

 


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