Si me permites…

Quisiera compartir contigo algunos recuerdos mientras termino de decorar éste pastel de cumpleaños.

Sucedió hace algún tiempo…

Mis padres nos despertaron esa mañana más temprano que de costumbre y nos insistieron en que debíamos apresurarnos para ser los primeros en llegar al templo pues se esperaba que los vientos soplaran fuerte y trajeran a los que no habían asistido en siglos, acompañados de los que iban solo en navidad y después de cada temblor. ¿La razón? La iglesia estaría celebrando ese domingo sus cincuenta años de vida y yo, mis primeros diez.

Aunque el estacionamiento de la iglesia estaba casi lleno, no nos fue difícil encontrar un espacio. Mi papá había comprado un automóvil compacto dos años atrás: un Renault 8 modelo 74 color pistache; el mismo año en el que el papá de mi amiga Carmencita compró su Volkswagen. Carmencita y yo nos hicimos amigas en la iglesia y teníamos muchas cosas en común. Nos conocimos en la clase de párvulos y aprendimos juntas a memorizar pasajes de la biblia. Cantábamos en el coro de los niños, dábamos un peso de ofrenda, nos quedábamos dormidas en la banca a la hora del sermón y a ambas, nos pellizcaba nuestra mamá para que nos sentáramos bien. Por si fuera poco, a las dos nos había correteado el mismo perro al salir del templo, nos había dado la viruela, odiabamos a nuestras hermanas y nos habíamos quedado chimuelas al mismo tiempo. Ese día no sería la excepción. Las dos lucíamos vestidos de fiesta con crinolina y caireles estilo Graciela Mauri y su Mundo de Juguete.

Cuando llegamos al templo notamos que a pesar de tener derecho de apartado, la banca en la que siempre nos sentábamos mi familia y yo estaba ocupada por la hermana María, quien como una gallina echada y con la sarta de hijos a su alrededor, se esponjaba a lo largo de ella. Mi mamá esbozó una tierna sonrisa provocando que a la hermana María no le quedara de otra que juntar a sus polluelos debajo de sus frondozas alas para darnos espacio. Una vez en mi asiento, comencé a admirar la decoración del templo que había llegado a niveles de lo imposible. Desde el centro del techo colgaba un aro de color dorado y del cual se desprendían unos listones que se unían con otros cuatro aros colocados en cada esquina del templo. Esa decoración, traslado mi imaginación  inmediatamente a las recién clausuradas olimpiadas de Montreal 1976. De repente, me imaginé con mi traje de gimnasta y con mi nuevo nombre: Sonia Comaneci.  El altar o reclinatorio se había transformado en barra de equilibro, y cuando se me dió la señal, salí corriendo por el pasillo principal para tomar impulso y ejecutar un magestuoso salto de púlpito con grado de dificultad. Después, vendría la eliminatoria de ejercicios de piso con la música de himnos conocidos. La ovación no se hizo esperar y ante la admiración de todos los presentes fuí la primera en obtener la calificación perfecta. Con música de ofertorio, ví como los ujieres entraban con paso armonioso trayendo en sus platillos las medallas de oro, plata y bronce. Cuando estaba a punto de recibir la medalla de oro, mi imaginación fue abruptamente interrumpida por el pastor quien mencionando mi verdadero nombre, me invitaba a pasar al frente junto con todos los demás que habían cumplido años para dar gracias a Dios.  Cada año, me acompañaba en el altar para orar por mí  “La chica  ye ye”  es decir, mi maestra de escuela dominical. Una rubia de cabellos lacios y alborotados que se había quedado estacionada en la moda de los sesentas y cuyo atuendo incluía botas altas y pestañas pixie.

Después de la oración, ví desde el altar como Carmencita se levantó de su asiento y caminó rumbo al baño haciéndome con un guiño la batiseñal. Eso significaba que yo debía contar hasta diez y luego pedir permiso a mi mamá para ir al baño -situación nada rara- ya que es completamente normal que las niñas vayan setecientas veces al baño durante el sermón. Mi madre me otorgó el permiso murmurando un gentil ” ¡Pobre de tí donde no regreses!”. Cuando llegué al baño no encontré a Carmencita. Eso podía deberse solamente a que “El pingüino” es decir, el capitán de los ujieres, estaba de guardia. Entonces, debía actuar rápido y dirigirme directamente hacia la baticueva.

La baticueva estaba rodeada de floreros. Entre ellos se encontraba escondida y esperandome Carmencita ya que para ingresar era necesario hacerlo entre dos. Debíamos levantar un tapete y luego una tabla que descubría unos escalones que al descender por ellos te conducían al interior de la oscura baticueva. Después de unos segundos, la visión se aclaraba ayudada por unos mosaicos transparentes que la rodeaban y que tragaban la luz. Caminabamos siempre hasta el extremo de la baticueva en donde se encontraban otros escalones y la salida de emergencia. Era ahí donde Carmencita y yo jugábamos, modelabamos vestidos, realizábamos hazañas y compartiamos cuitas. Cuando crecí supe que la baticueva no era otra cosa más que el bautisterio de la capilla de los jóvenes.

Escuchamos las voces de un grupo de ujieres ( o secuaces del pingüino) que acarreaban mesas y sillas para colocarlas en el salón contiguo en donde se realizaría la celebración. Sin querer, les oímos decir que se ofrecería pastel…de chocolate…con fresas y nueces. Cuando las voces se alejaron Carmencita y yo decidimos salir de nuestro escondite pues la curiosidad nos estaba poniendo sumamente nerviosas. Si queríamos admirar el pastel debíamos de actuar contra relog ya que la oración final había comenzado y los convidados arribarían pronto.  Caminamos a paso veloz hasta encontrarnos frente a frente con el pastel.  Era de seis pisos, enorme y tentador. Nadie estaba ahí, solo nosotras y nadie nos había visto entrar. Por un instante, escuché la voz de mi mamá en mi mente preguntar:” ¿Dónde estás?”, pero callé su voz pensando: “¡Nunca lo sabrás!”.

Debido a que Carmencita y yo poseíamos el super poder de leernos la mente, alistamos al mismo tiempo el dedo índice para darle una probadita ya que para ese momento las dos chorreabamos baba. El problema era en dónde debíamos aplicar el dedazo para que no se notara. Recorrimos el pastel con la mirada buscando la posibilidad de que el pastelero hubiera cometido un error y asi poder en todo caso, emparejarlo. Una fresa o una nuez mal colocada, seria un buen prospecto. Pero no se podía, el pastel estaba perfectamente elaborado y si lo hubiésemos tocado se habría notado. Los congregantes comenzaron a llegar al salón y Carmencita y yo tuvimos que bajar la mirada simulando que buscábamos algo que se nos había perdido.

El pingüino interceptó a mi ya de por sí enfurecida mamá, para ofrecerle un informe de mis actividades turístico-eclesiales y cuando ella se disponía a pedirme cuentas, mi maestra de escuela dominical salió al rescate al tomarme de la mano y llevarme  hacia su automóvil para darme un regalo de cumpleaños que ayudó a olvidar mas tarde, las intenciones de mi madre.

Lo cierto es que la iglesia ha sido testigo de mis travesuras y sueños. Me ha visto correr, orar, cantar, testificar y hacer amigos. Ella, me ha aceptado, perdonado, amado, sanado y alentado cuando mas lo necesitaba.

No, no fue esa la única vez que “la chica ye ye” me salvo. Lo hizo varias veces. Al orar por mí cada domingo en las clases y al enseñarme a bendecir a Dios con mis labios de niña. Después vendrían mis maestros de adolescentes y jóvenes. Luego, los mismos  jóvenes que me inspiraron a buscar a Dios con mas ahínco y quienes con su ejemplo me mostraron que si se podía vivir la vida cristiana. En cada pastor y mas tarde en los profesores del Seminario, ví la pasión, la entrega y el compromiso por servir a Dios. Hoy la iglesia me sigue enseñando a poner en práctica los dones que el Señor me ha dado, a amar a los perdidos, a ser compasiva, a dar sacrificialmente y a ser agradecida.

He crecido en la iglesia y gracias a ella.

Mis ilusiones y sueños en las bancas de mi iglesia actual son de una iglesia fuerte, entusiasta y comprometida. Que predica la palabra con honestidad y que obedece el mandato de ir y hacer discípulos a todas las naciones. Imagino a los niños de hoy siendo los líderes de mañana y a los jóvenes siendo columnas del templo de Dios. Sueño con familias completas viniendo a los pies de Cristo gracias al buen ejemplo de padres y  abuelos. También, ruego a Dios por una iglesia que guíe a mis hijos y a sus familias aún cuando yo ya no esté.

La iglesia a la que hoy asisto no estará celebrando su aniversario este próximo domingo; sin embargo, me levantaré de nuevo de mi asiento como lo he hecho durante 43 años y daré gracias a Dios entre otras cosas, por la iglesia, Su iglesia. Y con el permiso de mis prófugos lectores, dedicaré este espacio con gratitud al Autor de la vida.

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