La Ultima Cena

Las cenas y fiestas de despedida tienen siempre un sabor agridulce.  Lo que comienza con sonrisas, ramos de flores, regalos y tarjetitas, termina con ojos rojos, pañuelos desechables y nudo en la garganta. Esto lo he aprendido con los años, ya que cuando cursaba la escuela preparatoria, no pensaba así.

Al comenzar el último año escolar, la consejera de mi generación nos dijo que nuestra cena de graduación sería inolvidable. Todas iríamos vestidas de blanco sin importar el diseño; los chicos por su parte, vestirían el elegante color negro. Para mis amigas enamoradas era un sueño hecho realidad y para otras, sería la fiesta de quince años que nunca tuvieron. Para mis compañeros rockeros y renegados, era toda una ridiculez.

La consejera nos dijo que habrían dos eventos importantes. El primero sería la entrega de diplomas y reconocimientos a alumnos destacados. Cerrando mis ojos imagine al director de la escuela anunciar,

“….y ahora, recibamos con un fuerte aplauso a la alumna más hermosa y mejor vestida de toda la generación, quien además es poseedora de las más altas calificaciones: Sonia Hidalgo”.

Ahora sé, que para que eso hubiera sido posible, habría sido necesario únicamente, dedicar menos tiempo al espejo y más al estudio.

El segundo evento sería la cena de gala; al caer la noche y en reconocido lugar de la siempre bella ciudad de Guadalajara, México.

Mientras que el día se acercaba, los estudiantes presumiamos el progreso- por no decir el esfuerzo- que cada uno de nuestros padres hacía por comprar el anillo, el vestido y demás.  Esperábamos con anhelo que el día llegara confiados en que haríamos lo mejor por pasarla bien y disfrutar juntos por última vez.

Cuando el día llegó, las chicas dejamos atrás los jeans y las que nunca se peinaban se rizaron el cabello dando como resultado peinados de tres pisos; es decir, fleco, plataforma y chongo.  Las que nunca se maquillaban, invocaron a Picasso, y haciendo uso de la técnica “Plasta”, dejaron caer la acuarela completa en el rostro. Los muchachos exageraron su arreglo personal al bañarse, usar desodorante y cepillarse los dientes.  Las más latosas de la generación y yo, parecíamos quietas palomas de la paz, mientras que mis compañeros mal hablados parecían monaguillos de la Basílica de San Pedro; todos a un lado de nuestros padres que nos miraban con ojos de:  ” ¡Ni se te ocurra ir con tus amigos!”, pues padrinos, tíos, abuelos y demás amistades, no deberían ser desatendidos.

¿Y qué decir de los maestros? Por primera vez los vimos como eran: Seres humanos normales y no zombies. Las profesoras, estrenando la faja Lovable que prometía estilizar la figura sin hacerse notar, ni dejar marcas en la ropa; y que por lo que te estoy contando, no resultó ser tan buena. Los profesores, con corbata, zapatos lustrados y tacón gastado. En fin, todo esto provocó que nos viéramos tan diferentes ese día, que era difícil hablarnos y comportarnos como siempre. Con excepción del momento de tomarnos la foto todos juntos, la noche divertida que habíamos anticipado tanto, no lo fue. Nos limitamos a estar con nuestras familias y al transcurrir las horas cada quien se fue sin despedirse, a seguir su vida. A la mayoría, no los he vuelto a ver. Hubiera querido agradecer a cada uno de mis maestros su paciencia y compromiso por enseñarme y aunque fuera por un instante, me hubiera gustado decirles a mis compañeros lo importante que fueron para mí y lo divertido que pasé mis estudios gracias a su amistad y compañerismo.

La Escritura nos habla de una cena que Jesús anticipó para estar con sus discípulos. Serían las últimas horas para estar juntos y después, ya no los volvería a ver.

Un aposento alto, sería el lugar que Jesús habría escogido de antemano para la celebración de la Pascua. El Evangelio de San Lucas nos dice que Jesús envió a Pedro y a Juan para que preparasen la cena.  He de decir que nunca antes me había detenido a pensar en los discípulos preparando una cena aún cuando tal vez, hubiesen sido auxiliados por los criados del dueño del aposento. El pasaje nos deja entre ver que los dos comisionados para tal labor sabían lo que hacían, ya que el resultado de su preparación fue exitosa, pues a la hora exacta, Jesús se sentó a la mesa y con El, los apóstoles. El tiempo aquí, es importante. Jesús esta a punto de convertir esa cena en lo que llamaremos “Una máquina del tiempo”, que trasladará a sus discípulos-sin entonces ellos saberlo- al futuro, y a nosotros-ahora- al pasado; para reunirnos a todos en un futuro glorioso; rompiendo así, las barreras del tiempo que solo el Alfa y la Omega, el principio y el fin puede hacer.

Es interesante leer que Jesús no esconde su emoción ante un deseo cumplido y les declara con alegría cuánto había El, anticipado comer con ellos la Pascua antes de que padeciera ;anunciándoles que no la volvería a comer hasta su cumplimiento en el Reino de Dios.

El menú acostumbrado para celebrar la cena pascual consistía en hierbas amargas y el cordero asado…sin embargo, en un momento, el platillo principal cambia y en un acto sublime y extraordinario Jesús ofrece sin distinción el pan y el vino a sus discípulos: Su cuerpo entregado y su sangre derramada. El cuerpo en el que Juan se recuesta y que será azotado por sus pecados, y la sangre que aún corre por sus venas y que será en unas cuantas horas derramada en la cruz. Nadie recibe una porción mayor que otro y nadie se niega a recibirla pues todos, a lo largo de tres años, le han seguido día y noche siendo testigos de sus enseñanzas y milagros;viéndole orar y también llorar por su pueblo; convencidos que El es el Cristo, el Hijo de Dios.

Jesús ofrece voluntariamente a sus discípulos  comer su cuerpo y sangre ; antes de que Judas tome acción, antes de que sea arrestado, antes de que sea condenado, antes de que sea crucificado. Nadie le forza, nadie le obliga; Jesús entrega su vida por amor y ellos la aceptan. Extienden sus manos hacia Jesús y abriendo sus bocas le internan. Podemos decir entonces, que  Jesús, pone su vida por nosotros en la mesa y se consuma en la cruz.

Los cristianos hoy debemos anunciar al mundo que no hay una receta secreta, ni un extraño ingrediente. Es el Hijo de Dios, Jesucristo, herido y molido por nuestros pecados, y que comer el pan y beber el vino, son emblemas de su cuerpo roto y de su sangre derramada. Que el participar de esta cena hoy, debe ser para nosotros un acto tan real como lo fue para los discípulos aquella noche. Que la institución de la cena del Señor es una acción exterior que refleja una realidad interior;un acto que al ser tomado dignamente se interna en el cuerpo y en el corazón llevándonos a creer y vivir la vida de Jesús hoy.

Jesús desea ser recordado no solo en la mesa, sino en la vida diaria y hasta que El venga. Sus discípulos del siglo XXI podemos testificar que no fueron ni Pilato, ni el gran sanedrín, ni los clavos…sino el gran amor que Cristo tuvo por cada uno de nosotros lo que lo llevó a la cruz.

Jesús volverá a comer con sus discípulos de todos los tiempos y edades, aquellos que, obedeciendo a su llamado dejaron moldear su vida hasta convertirse en pescadores de hombres; los que lo dejaron todo en este mundo por seguirle y servirle; que fueron testigos de sus obras y también sus amigos.

Durante éstos días, acerquémonos a su mesa dignamente de tal modo que seamos transportados a través de la fe para celebrar como hace mas de dos mil años, una última cena con Jesús, en donde El nos promete reservar nuestro lugar, en la primera gran cena en los cielos.

“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”     Sn Juan 6:56

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