La Olla Hirviente.

En cuanto a  caldos y sopas, México no tiene comparación pues desde la bien conocida sopa de fideos hasta el caldo tlalpeño pasando por el caldo de res bien recargado, nos dan una idea de la creatividad, la pasión, el equilibrio y la singularidad de nuestros pueblos.

Podríamos decir que sopas y caldos son la razón de ser de la cuchara  pues nos sugieren que todo ha de comerse cuchareado, ya que lo importante no es la definición sino el sabor.  Ese mismo sabor que te hace recordar la infancia, la cercanía; el frío de la ausencia y luego el calor de un abrazo que te invade.

Verduras, frutas, semillas, carnes del cualquier tipo. Todo, absolutamente todo puede llegar a ser sopa y ya entrados en gastos hasta  sopa seca. Contradicción que nos alimenta y que puede ser también la base para una buena comida como lo puede ser  el arroz.

La sopa la imaginamos mayormente caliente, pero igual la saboramos fría. No asi, cuando del caldo hablamos, pues éste ha de consumirse caliente. La elaboración de un caldo por lo regular es sencilla: su base ha de ser líquida y dependiendo de la combinación de los ingredientes, elevara  su sabor.

Ahora bien, sé de varias amigas a quienes todavía- como dice el dicho- se les quema hasta el caldo. Todo, por no poner la debida atención y creer que el agua que hierve y que se transforma en vapor  al alcanzar el punto de ebullición se liberará sin consumirse jamás.

En la escritura encontramos a un profeta que a propósito dejó que se le quemara el caldo. Interesante, ¿No?

El nombre del profeta era Ezequiel  y fue el vocero de Dios en una tierra extranjera.

Ya sé que estarás pensando:  “Si  Ezequiel que era profeta de Dios dejó que se le quemara el caldo, ¿Por qué yo no?” Pero veamos las circunstancias.

En Ezequiel 24 Dios le ordena a Ezequiel elabore la siguiente  receta,

Los ingredientes:

*Agua

*Pedazos de carne (Maciza, pata, lomo, hueso)

El modo de preparación:

  1. Coloca una olla con agua sobre el fuego.
  2. Agrega los mejores pedazos de carne.
  3. Toma luego la oveja mas gorda que tengas y amontona leña debajo de ella para que hierva bien el agua y se cuezan bien los huesos.
  4. Cuando el agua se haya consumido saca uno a uno los trozos de carne quemados.
  5. Si por alguna razón se te chorreó algo de sangre en el piso, no la limpies.
  6. Deja que se quemen bien los huesos.
  7. Deja que la olla esté al rojo vivo para que todo lo que haya quedado en ella se consuma totalmente.

He de confesar que cuando leí la receta no pude evitar pensar en cualquier prófuga de la cocina. Sin embargo, existió una razón para dejar tanto desastre en la cocina del profeta.

Los mensajes de Ezequiel se caracterizaban por contener gran cantidad de simbolismos, visiones y parábolas. En el caso que nos ocupa la olla era la ciudad de Jerusalén, una ciudad renombrada por el asesinato de personas inocentes y ésta  parábola de la olla hirviendo tipificó su destrucción inminente.

La Jerusalén de aquel tiempo era como cualquier ciudad de hoy. Lugar de grandes contrastes en donde la maldad, la injusticia y la desesperanza conviven con la riqueza, la cultura y los avances médicos. Era y son el lugar donde funcionarios corruptos no protegen los intereses de los pobres al mismo tiempo que hacen alarde de honestidad y transparencia.

Ante tanta injusticia, los ciudadanos sentimos la necesidad de expresar nuestro enojo  aun cuando sabemos de sobra que de poco sirve ya que como en los tiempos de Ezequiel vivimos  como extranjeros cautivos o advenedizos en nuestra propia tierra, sin poseer lo que es nuestro: los parques, las playas, nuestras propias casas. Por doquier vemos la maldad expresada los mismo en una sala de  cine, que  en el Marathon de Boston; en los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, en las calles de Venezuela, en las universidades y en la tienda de la esquina. Sangre inocente se derrama y las autoridades no solo no nos protegen, en algunos casos hasta son ellos quien lo provocan. (22:6)

Así como Jerusalén algunas de las ciudades de hoy, han alcanzado su punto de ebullición y como en los dias de Ezequiel los habitantes, a saber la carne, salen despedazados de ella dejando su sangre en las piedras de la ciudad como mudos testigos de la infamia. No obstante, existe una razón para tanta desesperanza. En el libro de Ezequiel Dios dice que ha estado buscando una persona que ore por la ciudad para que no sea destruida pero no ha podido encontrar ni siquiera una sola. (22:30)

En lo personal, trato de no criticar despiadadamente el actuar de nuestros gobernantes en gran parte porque como dice esta escritura, la culpa es compartida. Yo también soy responsable. Como ciudadana mi deber es interponerme entre la ciudad y Dios para que no sigamos siendo arrancados . Porque  así como cuesta distinguir bien los pedazos de carne para servirlos en el plato, del mismo modo Dios nos juzgará a todos sin distinciones. ¿Te parece exagerado? Tal vez sea porque lamentablemente hoy en día estamos inundados  de ministerios que ofrecen un evangelio que oferta pero que no demanda nada de los creyentes. No, no basta con señalar el pecado, hay que meterse en la olla y comenzar a sentir el hervor.

En el caso de Jerusalén, además de sus gobernantes los habitantes trataban con desprecio a sus padres, oprimían a los extranjeros, explotaban a los huérfanos y a las viudas. Menospreciaban las cosas que tenían que ver con Dios y no asistían a la iglesia. Los esposos no solo  cometían adulterio sino cualquier clase de inmoralidad. Practicaban el soborno, la usura y cobraran altísimos intereses. (22:5-12)  La pregunta entonces se nos hace necesaria: ¿De qué podrían  quejarse los habitantes si ellos estaban igual? Ahora entendemos porque Dios era el único que podía ofrecer salvación.

La temporada electoral aquí y allá llegará a su momento mas alto en poco tiempo. ¿Por quién votarás? Entre amigos decimos “por el menos malo.”  Dios nos ayude a que como habitantes no  seamos los menos malos también. Dejemos de practicar el soborno y  la discriminación. Apartémonos de la ilegalidad y de la impiedad. Busquemos a Dios.

En esta receta descubrimos que somos responsables también y que  la tarea misionera  se encuentra mas que nunca  en la ciudades. Que  el interés de Dios por la ciudad es evidente y que sus ojos recorren el actuar de sus habitantes. Que solo El puede cambiar el corazón de piedra de cualquier gobernante que ha tomado decisiones alejadas de Dios y que promulga leyes contrarias a Su voluntad. Que si rogamos por la salvación de las ciudades hay esperanza pues Dios puede cambiar su corazón por un corazón de carne;es decir, por un corazón que sienta, que se conduela.(36:26) Lo puede hacer por ellos y también por nosotros para sentir la necesidad de orar antes de que la hecatombe nos destruya.

De este modo te invito no solo a ejercer tu derecho como ciudadano a través del voto sino a que de ahora en adelante, cada que la olla hierva en tu cocina, pongas atención en ella y  al hacerlo, ores por tu ciudad y la mia.

“…Y desde aquel día el nombre de la ciudad será: AQUI HABITA EL SEÑOR”  Ezequiel 48:35b NVI

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